El viento
azotaba en lo alto de la solitaria torre, agitando con violencia la bandera que
firme, aguantaba con grandeza sus envites.
Era una tarde
grisácea, de tristes recuerdos y desesperanzas, nubes oscuras y sol derrotado.
El centinela se
acercó al borde de la almena, su cota de malla articuló una infinidad de
murmullos metálicos, despierta de su quietud.
Su mano, que
detuvo su paso, tocó su dura y fría superficie. Como ella eran aquellas tierras
de las que provino y que se extendían hasta el más difuso horizonte. Era un tardío
otoño del año de nuestro señor del 985.
A lo lejos,
entre las jaras y los bosques de encinas, discurría un camino que conducía
hasta el imponente castillo que se alzaba sobre un promontorio rocoso, y allí,
irrumpiendo en la quietud y soledad del camino, un jinete galopaba veloz hacia
sus murallas.
El vigía de la
barbacana vio la señal del soldado de la torre y ordenó abrir las puertas
lanzando un fuerte grito que no cesó hasta que estas comenzaron a abrirse.
Juan de Nadia, capitán
de las huestes de aquél castillo oyó la voz cuando se encontraba en el patio
dando órdenes a sus oficiales.
-¿Qué diablos?
-Es de los
nuestros, Señor. -respondió uno de ellos, después de observar la bandera que
agitaba el vigía.
Las puertas
abiertas dejaron pasar a un caballo desbocado, nervioso por su enloquecido
galope, agotado y sediento mensajero de la muerte que sobre su grupa llevaba. Fue
derecho hacia donde estaba Juan de Nadia, que enseguida le agarró del brocal y
con ayuda de su soldado, consiguieron detenerle. El Jinete cayó al suelo
mostrando las cuatro flechas que le habían matado.
En el salón
central de la sala del homenaje, Juan de Nadia y cinco oficiales, vestidos con
cotas de malla, discutían en pie sobre un plano clavado en una mesa.
-No estamos
preparados, esas flechas son recientes. ¡Solo Dios sabe a cuanto están de estas
murallas! –exclamó uno de ellos.
-Estaremos
preparados para lo que sea, como tantas otras veces. Este castillo se venderá
caro. -respondió Juan de Nadia.
-Ramón de Aragón
aún no ha regresado y son muchos los caballos que le acompañan. –respondió
otro.
-Ramón debe
llegar hoy. No os pongáis nervioso. Resistiremos lo que sea hasta entonces.
–dijo Juan de Nadia.
-Quizás esta vez
fuera mejor rendirse, ¡mirad a los mozárabes! -Exclamó otro de los oficiales.
La puerta de la
sala se abrió de golpe y alguien desde el umbral se quedó mirándolos, desafiante.
Los cinco se
giraron hacia el que irrumpió la sala cesando de inmediato su discusión.
Un hombre de
barba larga y cana, vestido con peto de hierro y mangas de malla, se acercó,
desenvainó su espada y la arrojó sobre la mesa con bravura.
-¡Mientras este
brazo empuñe su espada, Atienza luchará! ¡En estas tierras jamás nadie osó
rendirse!
Todos sacaron su
espada y alzándola al aire gritaron al unísono:
-¡Atienza! ¡Sin
Dios! ¡Atienza! ¡Sin
Dios!
Acababa de
llegar el amo y señor de aquellas perdidas y solitarias tierras. El conde Don García
Fernández.
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