martes, 25 de junio de 2013

Atienza



El viento azotaba en lo alto de la solitaria torre, agitando con violencia la bandera que firme, aguantaba con grandeza sus envites.
Era una tarde grisácea, de tristes recuerdos y desesperanzas, nubes oscuras y sol derrotado.
El centinela se acercó al borde de la almena, su cota de malla articuló una infinidad de murmullos metálicos, despierta de su quietud.
Su mano, que detuvo su paso, tocó su dura y fría superficie. Como ella eran aquellas tierras de las que provino y que se extendían hasta el más difuso horizonte. Era un tardío otoño del año de nuestro señor del 985.

A lo lejos, entre las jaras y los bosques de encinas, discurría un camino que conducía hasta el imponente castillo que se alzaba sobre un promontorio rocoso, y allí, irrumpiendo en la quietud y soledad del camino, un jinete galopaba veloz hacia sus murallas.

El vigía de la barbacana vio la señal del soldado de la torre y ordenó abrir las puertas lanzando un fuerte grito que no cesó hasta que estas comenzaron a abrirse.

Juan de Nadia, capitán de las huestes de aquél castillo oyó la voz cuando se encontraba en el patio dando órdenes a sus oficiales.
-¿Qué diablos?
-Es de los nuestros, Señor. -respondió uno de ellos, después de observar la bandera que agitaba el vigía.

Las puertas abiertas dejaron pasar a un caballo desbocado, nervioso por su enloquecido galope, agotado y sediento mensajero de la muerte que sobre su grupa llevaba. Fue derecho hacia donde estaba Juan de Nadia, que enseguida le agarró del brocal y con ayuda de su soldado, consiguieron detenerle. El Jinete cayó al suelo mostrando las cuatro flechas que le habían matado.

En el salón central de la sala del homenaje, Juan de Nadia y cinco oficiales, vestidos con cotas de malla, discutían en pie sobre un plano clavado en una mesa.

-No estamos preparados, esas flechas son recientes. ¡Solo Dios sabe a cuanto están de estas murallas! –exclamó uno de ellos.
-Estaremos preparados para lo que sea, como tantas otras veces. Este castillo se venderá caro. -respondió Juan de Nadia.
-Ramón de Aragón aún no ha regresado y son muchos los caballos que le acompañan. –respondió otro.
-Ramón debe llegar hoy. No os pongáis nervioso. Resistiremos lo que sea hasta entonces. –dijo Juan de Nadia.
-Quizás esta vez fuera mejor rendirse, ¡mirad a los mozárabes! -Exclamó otro de los oficiales.

La puerta de la sala se abrió de golpe y alguien desde el umbral se quedó mirándolos, desafiante.
Los cinco se giraron hacia el que irrumpió la sala cesando de inmediato su discusión.
Un hombre de barba larga y cana, vestido con peto de hierro y mangas de malla, se acercó, desenvainó su espada y la arrojó sobre la mesa con bravura.

-¡Mientras este brazo empuñe su espada, Atienza luchará! ¡En estas tierras jamás nadie osó rendirse!

Todos sacaron su espada y alzándola al aire gritaron al unísono:

-¡Atienza! ¡Sin Dios! ¡Atienza! ¡Sin Dios!

Acababa de llegar el amo y señor de aquellas perdidas y solitarias tierras. El conde Don García Fernández.

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