Semana 1.
Domingo 7 de Febrero. 09:50:26 horas
Han pasado varias horas desde que cavamos esta
inmunda trinchera. El suelo está tremendamente frío y la arena ya se nos ha
metido por todas partes. Nuestros miembros están entumecidos por la humedad y
ya no sé qué postura adoptar para que no me duela nada. Parece que el sol no
cree importante calentar este día o se ha olvidado de que aún quedan seres
vivos aquí abajo.
La zona que en la que estamos es bastante frondosa y
tan sólo somos cuatro soldados para defender una maldita antena de
transmisiones. Ahora ya empiezo a dudar de que funcione, pues hace unas horas
dejó de emitir esa tenue luz roja parpadeante. Esto es una locura, sabemos que
en cualquier momento la atacaran, y sobrevivir parece algo imposible. Sin
embargo, por algún absurdo motivo, intentaremos defenderla y daremos nuestra
vida por ella. Cada vez que lo pienso siento ganas de levantarme y salir
corriendo de esta tumba y huir, como un cobarde, lejos de aquí, hasta que mis
piernas se detengan por agotamiento. Pero lo más increíble es que algo en mi
interior me dice que debemos intentarlo y que quizás exista una posibilidad de
conseguirlo.
Echo un vistazo alrededor. Al Sur la vegetación es
tan densa que apenas vemos nada claro a más de seis metros. Al Oeste se despeja
un poco, y es fácil ver si alguien se aproxima por este flanco, pero
inexplicablemente es el más desprotegido. Tan sólo un explosivo, activado con
un hilo, puede frenar durante unos minutos su avance, pero no hemos tenido
tiempo de ocultarlo demasiado bien. Al Este comienza un bosque de pinos, y los
árboles podrían servir de parapeto a nuestros atacantes, por eso, en la base de
alguno de ellos hemos colocado esas trampas con una granada y un sedal atado a
la anilla. Nunca las he visto funcionar y dudo un poco de su eficacia. Al Norte
hemos colocado algunas minas entre los arbustos que nacen en este lado. Son grandes
pero apenas tienen hojas.
Nuestro armamento se reduce a cinco Aks. Uno de
ellos se ha encasquillado y no hay manera de liberar el gatillo. Para los otros
tenemos la munición justa para aguantar durante unos minutos. También tenemos
una ametralladora de posición con seiscientas balas, que es la que tengo ahora
entre mis manos, pero el bípode esta inutilizado y la tengo que mantener
apoyada sobre una caja vacía de munición por que pesa como una condenada. En la
angustia de mi espera, he tallado un trozo de rama que pienso atascar en el
gatillo si la cosa se pone bien jodida. Si me alcanzan espero arrasar con todo
lo que haya a mi alrededor antes de caer.
Observo a mis compañeros, en absoluto silencio, con
la mirada perdida en el horizonte, deseando, como yo, que ataquen de una vez.
Uno de ellos mantiene un cigarrillo en su boca que debió de apagarse hace ya
varias horas. Otro le echa un trago al whisky aguado de su petaca, quizás sea
su último trago y por eso vacía todo el contenido en su garganta. Y los otros están
tan inmóviles que parecen fundirse con la tierra y la vegetación. Nadie podría
asegurar que están vivos.
Ahora que la vida parece tan insignificante, todo
aparece con mayor claridad en mi cabeza, aunque ya no tenga mucho sentido
entender que...
¡Un momento! Delante de mí he sentido moverse
algo... Puede que haya sido el viento en las ramas de los arbustos... pero no,
¡otra vez!, ¡mierda! ¡Es uno de ellos! ¡Por fin...!
No hay comentarios:
Publicar un comentario