miércoles, 19 de junio de 2013

La señora Paca



La vida en un pueblo es una forma de existencia desconocida para muchos, que goza de costumbres interesantes e inusuales para los ciudadanos adaptados al medio urbano.

Allí el tiempo pasa más despacio, incluso hay momentos en el que parece detenerse. Todo es calmado, pausado y apenas se tiene consciencia de la hora del día o del mes en el que estamos.

Aparentemente todos los días son iguales y es cierto que apenas suceden grandes acontecimientos ni hechos especiales y sin embargo, la vida en el campo que está tan ligada a la naturaleza, es constantemente cambiante, ocurren infinidad de cosas y sentimos al cabo del tiempo como ese equilibrio se mantiene y genera cada día.

Los habitantes de tan curioso lugar forman un conjunto social, una conciencia latente en el que todo lo que sucede en el pueblo y sus alrededores  es vivido por todos. Como si de una gran familia se tratara.

En este escenario, bajo este constante movimiento, reina de todo este espectáculo continuo, vive nuestra vecina Paca. Una mujer mayor, cana, solterona de nacimiento, pequeña y nerviosa. Aunque es ruda de carácter mantiene una sonrisa al hablar, efecto, también hay que decirlo, del sol y las corrientes de aire de los callejones.

-Hola Paca. ¿Qué tal? Que día tan bueno hace, ¿verdad?

-Sí. Oye, a ver si me pones la persiana.  –propone apremiante, con un tono directo y rotundo, como si nosotros fuéramos responsables de aquello.

-¡Ah! –Exclamamos sorprendidos- ¿Que se te ha caído una persiana?

-Sí que me la ha quitado el Pepe y ahora no puedo ponerla. Y le va a dar por llover  y se moja todo. Hala vamos.

Responde, y antes de terminar la frase ya da por supuesta nuestra ayuda y nos invita a seguirla al interior de su casa.

Antigua como el pueblo mismo, nacida de la tierra sobre la que se sustenta. Está metida entre otras dos casas formando parte de la estructura del pueblo, su fachada encalada sufre los desaires del tiempo y el moho y las grietas la dan un aspecto agreste como si fuera el resultado de algún fenómeno geológico. Da la sensación, al igual que las casas que le acompañan, que siempre estuvieron allí.

Nada más cruzar el umbral, tras los pasos de esta pequeña viejecilla, y agachadas nuestras cabezas, sentimos el fresco del interior. Sus gruesas paredes te encierran y cobijan como si entraras en una cueva. En la entrada nos reciben varios cacharros viejos por el suelo, y una mesa de madera de roble antigua, con una ardilla disecada encima.

Pasamos por una diminuta sala de estar, atestada de mobiliario viejo y descolorido, en la que no faltaba una mesa, sillas, armario y brasero dispuestos para la comodidad de una persona pequeña. El olor que nos viene es a cerrado, a humedad y a iglesia. Al fondo vemos otras pequeñas estancias que deben ser la cocina y una despensa. Hay multitud de objetos por todos lados, ropa cacharros, cestas pero colocados en un estudiado desorden.

Subimos por una estrecha escalera encalada, con el borde de madera gastada. Al llegar arriba nos tenemos que agachar para pasar a la habitación que aparece ante nuestra vista. Paca, al ser menuda, pasa directamente. Enseguida tuerce a su izquierda y se adentra en otra habitación contigua más pequeña. Antes de continuar detrás de ella algo nos detiene en la habitación.

Es un espacio de techos bajos, como toda la casa, encalada de blanco y con algunos pequeños desconchones y aunque los muebles son también antiguos, todo está cuidado para hacer el lugar habitable. El olor a viejo y humedad es constante pero sin ser molesto y sin incurrir en la suciedad.

Un descuidado espejo nos llama la atención desde un lado y nos devuelve una imagen, borrosa,  contagiada de su antigüedad, como si fuera ya un recuerdo.


Pero es en la cama, grande, de cabecero de hierro medio oxidado  y mantas gruesas perfumadas de naftalina, donde se detiene nuestra mirada. Dentro de ella, tapado con suma delicadeza, con unas sábanas amarillentas, duerme la estatua de un niño Jesús.

Es tal el realismo y naturalidad de la escena, que por un momento tememos perturbar su sueño, aunque son sus ojos, fijos e inmóviles hacia la nada, lo que nos recuerda su condición no humana. Como si fuera un hijo deseado, cuidado y arropado, descansa sobre el mismo lecho de aquella anciana, compartiendo la soledad de los días venideros y llenando con su inerte vida la realidad de su existencia.

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