martes, 18 de junio de 2013

Homo sordidus

"Todos somos ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas"
Albert Einstein

En mi paseo por el campo me quedé confuso.
Y fue nada mas comenzar la jornada, que ya acometía con la ilusión y la alegría que siempre me produce el contacto con la Madre Naturaleza,  cuando un encuentro casual, con un ser aparentemente de mi misma especie, la humana, casi consigue que se nublara el día.
El papel que ese día decidió representar era difícil de entender, pues arrojaba la basura que había generado, y que le incomodaba, al verde prado en el que yo también estaba. A pesar de verme aparecer e incluso acercarme a saludarle, continuó con su extraña actividad.
Cometí la imprudencia de reprenderle, de la manera mas indirecta y educada posible.
Casi como si fuera una fábula, le comentaba el extraño fenómeno en el que aquella casual basura caía y contaminaba aquél espacio tan hermoso en el que estábamos.
Enseguida tuve la opción, no siempre a descartar, de una pelea rápida e irracional con aquél desconocido.
Le molestó tanto que se lo dijera que quedó cabreado, seguramente, el resto del día, farfullando maldades de mi actitud entrometida, sin pararse a ponerse en mi lugar de ninguna manera. El acto que estaba realizando era de por si tan degradante que ya debía ayudarle a mantenerlo alterado.
Me fui, pensando en que tendría que recogerlo yo a la vuelta, cosa que le dije y que le hizo alzar los puños.
Y continué el paseo por aquellos prados tan verdes, entre las milhojas y los ajos de cigüeña, siguiendo los tonos violáceos de los acónitos, cruzando delgados arroyos, descubriendo los rastros del ganado y contemplando alguna que otra vaca huidiza a mi paso, escuchando a los zorzales y calandras disfrutar como yo de este maravilloso dia de primavera.
¡Cómo era posible estar de malhumor en un día así!
Sin querer dediqué un rato a pensar sobre aquél individuo. Intenté ponerme en su lugar y es mas, cogí un trozo de papel que llevaba y lo arrojé al suelo con indiferencia para experimentar aquél acto vil.
No puedo evitar amar y disfrutar del campo. Es tan agradable estar allí que soy feliz solo con pasear y me resultaba incomprensible que haya personas  insensibles a  tanta belleza. La naturaleza nos hace ver las cosas de un modo mas sencillo, mas auténtico. Es el punto de partida de todo, no sólo nuestro origen si no la base de todo lo que somos y hacemos en nuestro presente. No creo que se pueda concebir una vida plena sin experimentar de manera sana esta experiencia.
A pesar de mis sentimientos intenté racionalizar aquella actitud.

Si tiraba aquél papel al suelo es que no era consciente del lugar donde estaba.
Si no era consciente de ello mi alma debía estar corrupta por algo.
Si no era feliz en la naturaleza ¿para que me acercaba a ella? ¿Era un intento desesperado de purificarme?
Si voy es porque el campo es una idea de algo verde y limpio. Si  lo ensucio esta idea desaparece. En ese caso no vuelvo. Entonces me perjudico a mi mismo.


Al parecer este acto encierra una complejidad mayor. Alguien que desprecia la belleza se desprecia a si mismo, a la vida que lleva. En definitiva, no puede estar adaptado a ningún medio.

Quizas algún problema le haga enemistarse con el mundo y si ese mundo ama algo, el lo destruye no lo respeta.
Por esa razón odia que otro ser humano le corrija,  porque está en continua lucha consigo mismo y no necesita que nadie le recuerde sus defectos.
Puede ser una carencia educacional, pero esto parece una excusa ya que hay cosas que son básicas, innatas, como no hacer daño a los demás.
Porqué molestarle si tirando la basura está liberándose de la negatividad que lleva dentro. Sufrirá la naturaleza, pero ahora es mas importante él que nada.
El campo es una vasta extensión de terreno, un papel no significaba nada. Además, al no ser su propiedad no importa,  es mas,  como es de uso común,  de todos  los demás y estos me importan poco ¡pues allí va la basura!
Eso si, mi casa, mi propiedad, lo que me representa debe estar impoluto.
Probablemente lo esté complicando demasiado. Puede que su simplicidad y capacidad intelectual sea tan básica que no llega a darse cuenta de todo esto.


Sin llegar a ninguna conclusión me di la vuelta y recogí el papel que había tirado, es como si hubiera salido de casa sin cerrar una ventana u olvidado de ponerme los zapatos. No quería contribuir a degradar el paisaje que me producía tanta felicidad. Sentía un principio de culpabilidad y malestar.
Ahora alguien podría preguntarme: "Y si, por la razón que fuera, estuvieras paseando por un basurero ¿Tirarías el papel al suelo sin ningún remordimiento?"
A lo que posiblemente respondiera. "Si me gusta la visión y el ambiente del basurero y puedo contribuir a potenciarlo, entonces si. En caso contrario si todos nos lleváramos algún resto en cada paseo, quizás consiguiéramos un milagro"

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