miércoles, 26 de junio de 2013

El veneno de la nostalgia



         Hace tiempo que su recuerdo vaga disperso por mi mente, y el aliento de vida que me dio se extinguió al instante, en el momento en el que supe que no volvería a verla.
         Es extraño cómo la vida parece quedar detenida en aquellos días, y el resto del tiempo no fue si no el camino que desencadenó nuestro encuentro y los angustiosos días de su memoria.
         Las hojas cubren el suelo y le dan ese color tan hermoso al paisaje, a pesar de que ya estén muertas. Su belleza se encuentra también al final de su vida, cuando todo ha pasado y sólo queda la realidad del momento. Algunas caen livianas del cielo y sobrevuelan perezosas el lugar donde reposarán y cuentan historias del cercano invierno, de la soledad y la tristeza de los días venideros. 
Y es ahora cuando siento el abrazo estival con más intensidad, la deslumbrante ilusión a la que me arrojó sin ninguna piedad, y sin ninguna resistencia...
         Quizás fuera la tibia brisa que el mar llenó aquél atardecer, su delicado sabor a salitre, o el suave rumor con que sus olas me inundaban de esperanzas, lo que me fue, irremediablemente, embriagando de ella.
         Su sonrisa estaba frente a mí, vestida con la exquisita seda de los sueños, y su mano, encarnación de la ternura, se acercó lentamente a la mía. Y en su movimiento llevaba la deliciosa y estremecedora fragancia de su cuerpo, que no pude evitar aspirar con tanta ansiedad como si me fuera la vida en ello. Y entonces mi mano quedó paralizada, abandonada al deseo de la suya y esclava de sus movimientos.
         Deslizándose como una serpiente, atrapó silenciosamente una botella que allí había y con el mismo sigilo, casi inapreciable, la apoyó suavemente sobre su boca. Y sus ojos me miraron con estremecedora picardía y se desviaron hacia mis labios...
         Aquél era un gesto inocente, sencillo, con el que tan sólo pretendía pedirme que celebráramos nuestro fascinante encuentro y no olvidáramos que la casualidad es el despertar de toda una vida.
         Sólo me dejó su sonrisa, su encantadora manera de girarse al despedirse de mí, y un beso corto e inesperado pero que evocaba las profundidades de mil océanos y el sabor de la más dulce de las mieles.
         Ahora me encuentro de pie, en lo alto de una antigua y solitaria torre, triste atalaya del que no encuentra horizonte, contemplando cómo se derrumba el día, incapaz de dejar ninguna constancia de mi existencia y consumiéndome con el envenenado anhelo de los amores imposibles.
         Hasta este inesperado destierro he arrastrado una polvorienta botella. Es el vino con el que celebramos mi voluntaria derrota, y el principio de aquél eterno adiós.
         Y ahora está de nuevo ante mí, deseoso de ser abierto, de servirme una copa y brindar por su maldito recuerdo. Y sé, que si lo hago, volverá a mí su tormentosa mirada, el aturdidor aroma de su cuerpo, la insoportable ternura de su sonrisa. Pero un fuerte e irracional deseo me incita a probarlo, aunque sólo sean unas gotas, a pesar de que viva condenado a un recuerdo que poco a poco se irá desvaneciendo. Como el efímero sabor de sus labios en mi boca.

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