En aquél momento
apareció ella. Encantadora como siempre, tan hermosa como la primera vez,
deseable desde el momento en el que fue consciente de su belleza. Caminó hacia mí,
con ese paso decidido, con esa fuerza interior que poseía y que amenazaba
llevarte por delante. Ahora la tenía enfrente. Quieta, con sus brazos cruzados,
recogidos, saludándome con especial educación, sin ninguna muestra de
hipocresía. Como nunca lo había hecho.
Esto
me sorprendió tanto que no acerté a contestarle y me limité a mirarla, un poco
desconcertado. Pero algo extraño había en su mirada. Sus ojos, antaño directos,
incitadores, agresivos, vivían en un estado de calma y plenitud. Parecían haber
puesto fin a la lucha, al deseo de dominación y conquista, y mostraban
complacencia y satisfacción. Ella era como otra posibilidad de su persona, dominada
por la tranquilidad y la comprensión, alejada de la furia y la pasión que le
caracterizaban. Así parecía más vulnerable, más inofensiva y en realidad mucho
menos atrayente. Ese dominio de si misma, esa beatitud en sus gestos, le alejaban
del deseo de posesión enfermiza y dolorosa que provocaban en mi sus caricias y
desdenes, sus concesiones y sus renuncias. La veía tan lejana que empecé a creer
que realmente era otra persona y que aquella que conocí podría aparecer, en
toda su grandeza, de un momento a otro.
Enseguida, sin
que fuera necesario que ella dijese nada, descubrí al fin la razón de su
cambio.
Con
un cariño y una entrega inusuales, abrazó y besó tiernamente a aquél hombre,
causa directa de su transformación.
El
acababa de convertirse en un símbolo; admirable y respetado. Sobre un caballo
presidiría una plaza, inmortalizado en la estatua de un gran conquistador, que
quiso lo más grande y lo consiguió: ella.
En
mi fugaz ensoñación, así le vi. En su temperamento residía la fuerza y en su
carácter la virtud, que derrotaron al diablo, a ese cruel ángel del amor
reencarnado en aquella que me hizo vivir en el infierno por querer,
simplemente, asomarme a la ventana del paraíso.
Ella. Reina de
corazones. Podría haber tenido a todos los hombres en su puño, deseado y
conseguido los que se le antojaran. Sin embargo ahora sólo tenía uno, los demás
no le interesaban y por eso había abandonado su capacidad de seducción. Nadie
querría ser el dueño de su libertad por que ya no la tenía. Había dejado de ser
deseada y por lo tanto apetecible. Ya no aparecería en mis sueños, ya no sería
una posibilidad. Ahora, relegada a una vida con un solo hombre, siempre el
mismo, ya casi no era nada.
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