miércoles, 7 de agosto de 2013

Más vale gallina viva aunque con pepita



Allá por los años 50 vivía una mujer, que ya por entonces era anciana, en un pueblo de la provincia de Guadalajara, de esos pequeños y olvidados a los que se llega por confusión o casualidad.

Por aquellos tiempos las casas eran de adobe, las calles de tierra y las luces tan escasas y tenues que de noche no era extraño perderse entre las callejuelas.

En un viejo corral, sentada en una silla, sobre un suelo de tierra y paja, bajo una techumbre de madera y palos, adornada con infinidad de telarañas abandonadas, recogedoras de insectos perdidos y polvo, entre el cacareo de las gallinas y el roer de los conejos, estaba la señora Manuela. 
Sus ropas eran negras y austeras, recordatorio de algún luto, y en su cabeza un eterno pañuelo negro ocultaba su pelo y parte de su rostro. Sentada, sobre una silla de madera y mimbre, cosía, con sus manos castigadas por el trabajo, por el campo y los animales, una esterilla de esparto, con una aguja grande y oxidada y un dedal de grueso cuero.

Dentro del corral olía a animal, a excrementos, a algo muerto en un rincón, a viejo y a olvidado. El ambiente era cálido y estático y sólo alguna repentina corriente de aire, que llegaba por el patio del fondo, rompía con esa quietud y hacia habitable el lugar.

También Manuela despedía ese olor a antigüedad, a habitación cerrada, a ropa vieja y naftalina, a tristeza, a soledad y a noches frías y oscuras.

Las gallinas, encerradas en una verja, tomaban el sol en el patio, que tan bueno decían era para ellas, pues por aquellas tierras era saber popular que la gallina necesitaba mucho sol.

Despacio, dejó su labor y como si acudiera al aviso de alguna de ellas, se acercó a la verja. Algunas acudieron y otras salieron del pequeño cuarto donde se refugiaban del sol y donde criaban sus polluelos. Abrió la portezuela, asegurada con un trozo de palo y llamó a una de ellas chistándola para que se acercara.

-¡Tiñosa! ¡Ven! ven aquí bonita ¡ven!

Dudando y mirando a su alrededor se acercó la que debía ser la tiñosa.

Sin pensárselo la agarró del cuello en cuanto estuvo a su alcance. La gallina cacareo y se revolvió un momento pero entendió que no servía de nada.

-¡Aquí estás! ¿Ves?… qué flaca… yo te voy a quitar la pepita. ¡Y a engordar!

Con firmeza y sin mucho cuidado, le abrió el pico y metió los dedos para sacarle la lengua y con una habilidad asombrosa la sujetó la boca abierta y el cuello con una mano y con la otra cogió el alfiler con el que estaba cosiendo y lo acercó a la asustada gallina.

-Tranquila. Es un momento. Verás qué bien…

La gallina, si se tranquilizó era difícil saberlo pero se quedó quieta un momento como si supiera que era lo mejor que podía hacer.

Algo pequeño tenia debajo de la lengua la gallina, que la vieja Manuela rompió con el alfiler sin ningún miramiento.

Salió algo de sangre, pero no mucha, y la sacudió un poco para que la escupiera.

Después la soltó y la gallina salió disparada hacia el corral.

Al parecer la pepita impedía a la gallina comer y acababa muerta de hambre. Con este remedio casero en unos días la gallina se pondría bien y empezaría a comer. Gracias a este saber, de origen desconocido y lejano, se construyó este refrán:

“Más vale gallina viva aunque con pepita” Que hace saber que aunque no sea algo del todo conforme más vale tenerlo que no tener nada, que de una manera u otra se podrá solucionar…

No hay comentarios:

Publicar un comentario