Allá por
los años 50 vivía una mujer, que ya por entonces era anciana, en un pueblo de
la provincia de Guadalajara, de esos pequeños y olvidados a los que se llega
por confusión o casualidad.
Por
aquellos tiempos las casas eran de adobe, las calles de tierra y las luces tan escasas
y tenues que de noche no era extraño perderse entre las callejuelas.
En un
viejo corral, sentada en una silla, sobre un suelo de tierra y paja, bajo una
techumbre de madera y palos, adornada con infinidad de telarañas abandonadas,
recogedoras de insectos perdidos y polvo, entre el cacareo de las gallinas y el
roer de los conejos, estaba la señora Manuela.
Sus ropas eran negras y austeras, recordatorio de algún luto, y en su cabeza un eterno pañuelo negro ocultaba su pelo y parte de su rostro. Sentada, sobre una silla de madera y mimbre, cosía, con sus manos castigadas por el trabajo, por el campo y los animales, una esterilla de esparto, con una aguja grande y oxidada y un dedal de grueso cuero.
Sus ropas eran negras y austeras, recordatorio de algún luto, y en su cabeza un eterno pañuelo negro ocultaba su pelo y parte de su rostro. Sentada, sobre una silla de madera y mimbre, cosía, con sus manos castigadas por el trabajo, por el campo y los animales, una esterilla de esparto, con una aguja grande y oxidada y un dedal de grueso cuero.
Dentro del
corral olía a animal, a excrementos, a algo muerto en un rincón, a viejo y a
olvidado. El ambiente era cálido y estático y sólo alguna
repentina corriente de aire, que llegaba por el patio del fondo, rompía con esa
quietud y hacia habitable el lugar.
También
Manuela despedía ese olor a antigüedad, a habitación cerrada, a ropa vieja y naftalina, a tristeza, a soledad y a noches frías
y oscuras.
Las
gallinas, encerradas en una verja, tomaban el sol en el patio, que tan bueno
decían era para ellas, pues por aquellas tierras era saber popular que la gallina
necesitaba mucho sol.
Despacio,
dejó su labor y como si acudiera al aviso de alguna de ellas, se acercó a la
verja. Algunas acudieron y otras salieron del pequeño cuarto donde se
refugiaban del sol y donde criaban sus polluelos. Abrió la portezuela,
asegurada con un trozo de palo y llamó a una de ellas chistándola para que se
acercara.
-¡Tiñosa! ¡Ven!
ven aquí bonita ¡ven!
Dudando y mirando
a su alrededor se acercó la que debía ser la tiñosa.
Sin
pensárselo la agarró del cuello en cuanto estuvo a su alcance. La gallina
cacareo y se revolvió un momento pero entendió que no servía de nada.
-¡Aquí
estás! ¿Ves?… qué flaca… yo te voy a quitar la pepita. ¡Y a engordar!
Con firmeza y sin mucho cuidado, le abrió el pico y metió los dedos para sacarle
la lengua y con una habilidad asombrosa la sujetó la boca abierta y el cuello
con una mano y con la otra cogió el alfiler con el que estaba cosiendo y lo
acercó a la asustada gallina.
-Tranquila.
Es un momento. Verás qué bien…
La gallina,
si se tranquilizó era difícil saberlo pero se quedó quieta un momento como si
supiera que era lo mejor que podía hacer.
Algo
pequeño tenia debajo de la lengua la gallina, que la vieja Manuela rompió con el
alfiler sin ningún miramiento.
Salió algo
de sangre, pero no mucha, y la sacudió un poco para que la escupiera.
Después la
soltó y la gallina salió disparada hacia el corral.
Al parecer
la pepita impedía a la gallina comer y acababa muerta de hambre. Con este
remedio casero en unos días la gallina se pondría bien y empezaría a comer. Gracias a este saber, de origen desconocido y lejano, se construyó este refrán:
“Más vale gallina
viva aunque con pepita” Que hace saber que aunque no sea algo del todo conforme
más vale tenerlo que no tener nada, que de una manera u otra se podrá
solucionar…
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