jueves, 13 de junio de 2013

Un gesto

    Mi alegría depende de ella.
    Hoy paseando por la calle me atreví a acercarme donde estudiaba. Me quedé en la puerta esperando a que saliera. Sabía que a esa hora acababa sus clases y en una ocasión, no muy lejana, ya la sorprendí gratamente al recibirla. Era la hora. Empezaba a ponerme algo nervioso. Sabía que a partir de ese momento ella podría aparecer. Mis ojos no dejaban de comprobar que esa chica o aquella otra no fueran ella, pues la veía en todas partes, en todas las demás. Y todas sus caras eran la suya.
    Me parecía que había salido mucha gente y sin embargo aún no la veía. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué precisamente hoy no estaba allí? Quizás hoy no tenía clases o no había podido ir ¡o incluso podría haber abandonado sus estudios! Así, en vano, intentaba consolarme. Pero… ¡Espera! ¡Esa chica! No. Tampoco era ella.
    Un sentimiento de tristeza y desolación empezaba a apoderarse de mí. Me veía ridículo esperando a la puerta de un edificio donde no dejaban de salir personas, donde todos hablaban entre si, donde nadie iba solo a ningún lugar, donde todos se esperaban.
    Y de repente apareció ¡Sí, era ella! ¡Al fin! Me intenté colocar de forma que fuera visible, que ella me viera primero a mí, casi como por casualidad. Esperaba que me saludara primero, pues me daba muchísima vergüenza hacerlo. Pero allá iba ella distraída con dos chicos, su carpeta en el regazo y su sonrisa. Entonces hice un esfuerzo por llamar su atención, pues veía que ya se alejaba, y conseguí proferir un tímido y torpe “¡Eh!” en un tono tan desacertado que provocó que varias personas volvieran la cabeza, demasiadas para mi timidez, entre ellas, al menos, la de ella. No se si sonrió al verme o era el efecto de su sonrisa anterior, pero atrapé esa comisura de sus labios durante unos segundos, por que luego, como por arte de magia o desencantamiento, se esfumó. Me saludó como se saluda a algo irreal, me preguntó qué tal como si no supiera cual, y mi pobre aparición no debió producir la mas mínima sensación de realidad porque de manera indiscutible decidió que tenía mucha prisa y se fue, seguida de los dos mozos que no me habían quitado ojo y me contemplaban con esa odiosa media sonrisa que tanto utilizan los memos y los pobres de espíritu.
    Y así me quedé yo. Plantado en la acera, pensando si no hubiera sido mejor no verla. Analizando una y otra vez el gesto que de su cara le surgió al verme. Sin querer, en realidad, saber lo que quería decir.
    Y desde entonces cuando saludo siempre digo que llevo prisa, por que ella, sin necesidad de detenerse a lanzar un “hola”, ya llevaba a dos mozos a su lado y por si acaso allí se quedaba esperándole otro pobre desgraciado.

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