Hoy iba
por la calle caminando muy tranquilo, pensando cualquier cosa, silbando una
canción conocida y dirigiéndome a cualquier lugar. Entonces, te has cruzado
conmigo, y no te había visto venir, pero cuando has llegado a mi altura he
alzado mi mirada hacia ti para no chocarme contigo. Y allí me he encontrado con
tu cara, con tu pelo negro, tus rizos y tus ojos. Tan negros, tan directos, tan
penetrantes, que he tenido que apartar mi vista, como el que mira a las llamas
y se quema. Y has pasado de largo, y yo me he quedado parado, de pie, al
principio sin atreverme a fijar mi vista en ti y luego viéndote marchar, a lo
lejos, de espaldas, como sólo me atreví a mirarte, sintiendo en el fondo un
alivio pues tu cercanía me había producido una especie de terror. Tus ojos, aún
en mis pupilas, me alteraban con sólo recordarlos ¿Qué pretendía tu mirada?
Parecía como si antes de verme ya supieras el efecto que ibas a provocar en mí.
Y esos ojos ¿no habían mirado demasiado tiempo a los míos?
Si hubiera tenido el valor, si hubiera perdido la razón,
habría salido corriendo a tu encuentro. Pero después sólo fuiste el recuerdo. Y
me tranquilicé poco a poco, pero una pena empezó a invadirme: estabas lejos,
lejos de mí ¿Cómo podía sentir pena por la ausencia de quien no existía hasta
hace unos segundos?
Así, triste y cabizbajo, he continuado mi camino, sin darme
cuenta hasta pasado un buen rato que mis pies me conducían en la dirección por
donde te vi marchar y mi destino, que ya no recordaba, se encontraba en
dirección opuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario