jueves, 13 de junio de 2013

La mirada

    Hoy iba por la calle caminando muy tranquilo, pensando cualquier cosa, silbando una canción conocida y dirigiéndome a cualquier lugar. Entonces, te has cruzado conmigo, y no te había visto venir, pero cuando has llegado a mi altura he alzado mi mirada hacia ti para no chocarme contigo. Y allí me he encontrado con tu cara, con tu pelo negro, tus rizos y tus ojos. Tan negros, tan directos, tan penetrantes, que he tenido que apartar mi vista, como el que mira a las llamas y se quema. Y has pasado de largo, y yo me he quedado parado, de pie, al principio sin atreverme a fijar mi vista en ti y luego viéndote marchar, a lo lejos, de espaldas, como sólo me atreví a mirarte, sintiendo en el fondo un alivio pues tu cercanía me había producido una especie de terror. Tus ojos, aún en mis pupilas, me alteraban con sólo recordarlos ¿Qué pretendía tu mirada? Parecía como si antes de verme ya supieras el efecto que ibas a provocar en mí. Y esos ojos ¿no habían mirado demasiado tiempo a los míos?
    Si hubiera tenido el valor, si hubiera perdido la razón, habría salido corriendo a tu encuentro. Pero después sólo fuiste el recuerdo. Y me tranquilicé poco a poco, pero una pena empezó a invadirme: estabas lejos, lejos de mí ¿Cómo podía sentir pena por la ausencia de quien no existía hasta hace unos segundos?
    Así, triste y cabizbajo, he continuado mi camino, sin darme cuenta hasta pasado un buen rato que mis pies me conducían en la dirección por donde te vi marchar y mi destino, que ya no recordaba, se encontraba en dirección opuesta.


No hay comentarios:

Publicar un comentario