Dos figuras y un perro dominaban el alto del cerro al que me dirigía.
Al aproximarme a ellos con mi montura, hice notar mi presencia con un saludo desde lejos y asi dejar que su entendimiento concluyera que mi paso precisaba de la sujección de su can.
El hombre, torso musculoso y desnudo, sujetó firmemente a la bestia, protectora de su cuestionable ego y favorecedora de su insociabilidad.
Ella, esbelta e hierática, esperaba impasible mostrándome su desnuda y torneada espalda de caoba, brillante de sol descendiente, que pasara por su lado y me perdiera entre las colinas, para continuar recorriendo esos caminos perdidos, tenaz e imbatible, plena de juventud y belleza.
Quedó tras de mi, con su indiferente mirada, dominante de los cerros y las llanuras donde dejaria el recuerdo imborrable de su presencia.
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