martes, 14 de octubre de 2014

El ciclista cazurro


Aburridos de sus insulsas y vastas aficiones, deciden por diversos y desafortunados motivos adentrarse en el mundo del ciclismo y del deporte a su vez.
Sin apenas conocimiento sobre estas máquinas, con un pedaleo desequilibrado y autómata, lejos de dedicarse solamente a recorrer e incordiar en las carreteras asfaltadas, se atreven también a interrumpir en el monte sin que nadie les haya invitado y sin que ningún sentimiento les albergue ni el más mínimo respeto y amor al medio ambiente.
En mala hora descubrieron que existía un mundo natural en sus cercanías. Estos forajidos urbanos que no encuentran su lugar y que lo buscan donde no deben y molestan inconscientes de su falta de civismo y educación, felices en su ignorancia y su ridícula prepotencia. Deciden combatir y vencer en la naturaleza invirtiendo grandes sumas en la tecnología de sus maquinas, creyendo haber dado con la solución,  ilusionados con la idea de ser los más envidiados y absortos en su estupidez, convencidos de que el dinero compra el alma del autentico ciclista.
Donde está ese grata sensación de la distancia como superación personal y no social, que a bordo de tu bicicleta has llegado a alcanzar, alejado de ese mundo tan organizado libre como la naturaleza que te rodea absorto en los paisajes que aún el hombre no ha conseguido doblegar a su antojo, respirando un aire que no es de nadie y contemplando a los seres vivos que tienen la fortuna de vivir allí y que te invitan a ser por unos instantes uno de ellos. Es tal la infinidad de sensaciones que se experimentan que es inevitable detenerse para ver y escuchar el maravilloso equilibrio que nos rodea. Es algo que si no se siente no merece explicarse.
Hay ocasiones en las que vas tranquilo por el monte, inmerso en tus pensamientos  y de repente te asalta un grupo de ciclistas, que como un enjambre van sobrevolando los caminos y veredas sin detenerse ante nada y obcecados en llegar a su destino. Orgullosos de su actitud devoradora de kilómetros, ausentes de su entorno y competitivos al carecer de otra comprensión y sentimiento del ciclismo, enseguida te ven como un rival. Y como en una competición, su afán por alcanzarte y sobrepasarte,  sin aparente dificultad aunque muchas veces sea fingida, va más allá de su orgullo y a veces pueden tomarse a ofensa tu esfuerzo si dificulta su hazaña. Cuando sales de su estúpido juego y te detienes para hacer una foto y librarle así de ese sufrimiento que le produce su enojo y que sientes a tu espalda como una amenaza, no obtienes respuesta a tu saludo al ser sobrepasado. En su pequeño y triste mundo aquello es un triunfo y algo parecido a la felicidad momentánea, tan volátil como su capacidad de entendimiento.
No sería de extrañar que al poco tiempo se deshiciera de su bicicleta y abandonara ese deporte, ahora de moda, por aburrimiento; de sí mismo en realidad, pero eso es ya irremediable.
Para nosotros es una despedida  a un nuevo cazurro que no supo entender lo que es la humildad, el compañerismo autentico y la armonía con la naturaleza.
Adiós. Ni siquiera espero encontrarte en la gran ciudad.

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