jueves, 30 de mayo de 2019

Nubes primaverales

Vientos repentinos acariciaban mi cuerpo y jugaban con mi melena, y grandes nubes navegaban
tranquilas por las inmensas aguas de un cielo de sol tímido y perezoso.
La primavera había llegado de repente y los días eran cálidos pero inesperados.
Había salido a dar un paseo por el campo y me dirigí hacia aquellos cortados que formaba el río.
Subí a lo mas alto de ellos y caminé por un estrecho sendero rodeado de vegetación, que serpenteaba por el borde del precipicio y que cruzaba por alguna pequeña explanada formando curiosos miradores.
Y en uno de ellos, en el borde mismo de la inestable formación de arenisca que lo componía, se sentaba una muchacha de rubios cabellos recogidos en una amplia coleta, vestido blanco de flores y piel clara e inevitablemente suave como la seda. Así la imaginaba yo en la difusa y lejana visión
que de ella tenía.
Al acercarme un poco mas, vi como su mano jugueteaba con el cielo intentando colocar las nubes, separando las mas grandes, apartándolas a un lado y dispersando las mas pequeñas.
Al verme, me miro unos segundos, pero lejos de sorprenderse continuó con su interesante misión, como si mi presencia no significara nada para ella y su cometido no permitía ninguna distracción.
Acabó el día con un despejado atardecer, calmado, apacible y sin nada de viento...

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