Esa señorita tenia por costumbre sacar a pasear a su perros al
comienzo de la tarde. Aprovechaban estos a dejar resueltas sus
necesidades y a tomar el olor de los innumerables rastros que dejaban
otros de su especie. Eran dos pequeños perros uno apenas un cachorro
asustadizo de patillas temblorosas y mirada lastimera que aprendía
poco a poco del mundo observando a su longevo compañero, bastante
mas avispado y arrogante que caminaba por la calle como si no tuviera
amo.
Entonces el ama le
increpó a abandonar el árbol donde había echado su gotilla de orina,
no sin antes expandir su olor con sus patas traseras provocando una
leve nube de polvo y lanzando dos ladridos de desprobacion. Después
abandonó el lugar con expresión altanera y sin querer tropezó con
una raíz, pero recobró enseguida la postura y se irguió con inconsciente y natural
dignidad, que ya hubiera querido interpretar para sí, su excelencia el
duque del Infantado.
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