En el soportal de un edificio antiguo recibiendo a los inquilinos como si de una portería se tratase se encuentra una pequeña relojeria. Es un espacio diminuto atestado de relojes y mecanismos de todo tipo dentro cabe un relojero que te atiende desde detrás de una pequeña ventana de cristal y al fijarme vi que también cabía otro que sentado casi no le veía pero que compartía penas y alegrías con el. Le llevé un reloj de manecillas que tenía la esfera rota.
Al fijarme en el descubrí que de igual modo estaba su nariz, donde le faltaba una de las aletas y dependiendo del movimiento de su cara la descubría o la ocultaba acorde quizás a la agriedad o cortesía de sus palabras.
Examinó el reloj con atención y lo abrió con precisión examinando minuciosamente y mostrándome la goma de estanquidad derrochando entonces su sabiduría en el funcionamiento de esos mecanismos.
Hablamos de relojes y en un momento de exaltación mi diablo quiso intervenir y saque mi reloj digital y moderno vaticinado un gran futuro a estas maquinas.
Lo miro de reojo con mueca de desprecio como el que ve una rata muerta al lado del camino. Y enseguida le salió un comentario que repitió sin reparos:
"Eso no" "eso es el fin de los relojes clásicos" Y la idea que defendía era precisamente el cuidado y la imprecisos de aquellos a los que hay que cuidar y mantener y dar hora de vez en cuando porque tendían a retrasarse, "todos los relojes se retrasan" Y era este cuidado humanizado en las maquinas lo que realmente les confería su valor.
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